Antes que nada, por si alguna inocente palomita creyó en algún momento que mi silencio era producto de una victoria definitiva, aunque sorpresiva, sobre la costumbre de reincidir, debo decirles que no. Not even close. Desaparecí de la vida blogger por fuerza mayor, el exceso de actividad en mis vacaciones y el poco feeling con mi nueva compu me obligaron a alejarme y tragarme las anécdotas. Pero acá estoy otra vez, tan desorientada y repetitiva como siempre, lista para compartir mis triunfos e innumerables fracasos.
Gracias a la milagrosa combinación de varios factores (entre ellos mucha suerte, ganas, la suspensión de finales y la interminable bondad de mi madre) pude escaparme de la fría Buenos Aires y disfrutar de la ciudad más linda y entretenida de todas: New York. No me alcanzan las palabras para describir lo que siento cuando camino por Broadway, cuando se apagan las luces del teatro y comienza el show, cuando doy los primeros 5 pasos en Central Park y el verde se apodera por completo de mi ser. Parafraseando a varios de mis amigos: New York es todo.
Los viajes están usualmente cargados de millones de expectativas. Pero al parecer no alcanza con pasarla bien, conocer un lugar nuevo y gente copada. No, el viaje tiene que servir para algo. ¿Para qué? Para cambiar. Muchos están convencidos de que un viaje es el momento perfecto para reflexionar, para tomar decisiones trascendentales que pueden transformar por completo nuestra vida. Salen del país (provincia/ciudad/barrio) y se encomiendan a San Cambio, esperando un rayo de luz que los ilumine y los lleve por un nuevo camino. Piensan que 15 días fuera de su medio ambiente pueden modificar por completo su modo de ver las cosas.
Es mundialmente sabido que gran cantidad de cambios de sexo fueron decididos durante viajes, que miles de niños han nacido después de relaciones en viajes (esto puede ser, pero no creo que hayan sido exactamente producto de decisiones...), que 5 de cada 10 personas decidió en un viaje que era el momento perfecto para cambiar de pareja (y eso no tenia nada que ver con el/la terrible negro/a brasilero/a que tenían chances de comerse) y ni les digo la cantidad de mujeres que en un viaje redescubrieron su rubia interior.
Gente seamos realistas o al menos sinceros: no vamos a encontrar al amor de nuestras vidas en el avión, es imposible volver con la misma cantidad de kilos en las valijas, dolarizar las cosas que compramos no las hace más baratas y viajar no es terapia para el cambio. Matemos de una vez por todas el mito de viaje=cambio. Salir del país no nos asegura volver renovados ni muchos menos volver siendo otros. Las cosas nunca son así de fáciles.
Gente seamos realistas o al menos sinceros: no vamos a encontrar al amor de nuestras vidas en el avión, es imposible volver con la misma cantidad de kilos en las valijas, dolarizar las cosas que compramos no las hace más baratas y viajar no es terapia para el cambio. Matemos de una vez por todas el mito de viaje=cambio. Salir del país no nos asegura volver renovados ni muchos menos volver siendo otros. Las cosas nunca son así de fáciles.
Entiendo que el anhelo de distancia entusiasma a cualquiera, creyendo que así es más fácil tomar decisiones. Pero no, es igual de difícil. Estar lejos colabora en eso de ¨mirar las cosas de otro modo¨, pero no asegura mirarlas de manera más clara ni mejor. La vida puede dar un giro de 180 grados, pero las posibilidades de que se de en un viaje son pocas. Desgraciadamente no hay all inclusive en el mundo que incluya en el menú una nueva vida o al menos una versión mejorada de la que tenemos.
Si uno está realmente interesado y comprometido, con toda la energía dirigida en cambiar, no hace falta viajar kilómetros ni gastar cientos de pesos en aviones y hoteles. Por que se puede estar lejos, solos y rodeados de una cultura completamente diferente, pero al final seguimos estando con nosotros mismos, con nuestras mil y un imperfecciones, problemas y trastornos. De nosotros no escapamos y de nuestras trabas para cambiar tampoco. Nos siguen hasta al hostel mas remoto, la calle más oscura del Harlem y el vestidor de Victoria Secret del Soho. ¿Por qué habrían de dejarnos? ¿Por qué pensamos que con subirnos a un avión eso va a pasar?
Que no se crea que con todo esto estoy tratando de justificar que volví del viaje igual o más desequilibrada que antes. No no. Solo quiero dejar en claro que al menos yo disfruto de viajar y no me pongo presiones extras, porque para eso me quedo en casa machacando mi cabeza como todos los días de mi vida. Me niego a andar por las calles y los museos cuestionando mi forma de vida, mis costumbres poco sanas ni el exceso de ropa en mi placard. Disfruto y punto.
Los invito a hacer lo mismo. No se obliguen a cambiar en 15 días lo que en una vida entera no pudieron. Ahora si quieren hacerlo, si están listos o al menos con ganas, se ponen la camiseta, comprar mil pilas duracell y se meten en la cancha con toda, que en este partido el equipo depende por completo de ustedes.
p/d: en la próxima alguna aventura entretenida.

Si no querías cambiar tu vida antes de un trauma, no conseguirás cambiarla después del trauma (viaje=trauma?).
ResponderEliminarMuy buen post. Gracias por evocar imágenes tan personales como el verde del central park, harlem de noche, caminar por broadway comprando pelotudeces en el gift shop del MOMA.
Espero con ansias tu próximo post!