sábado, 3 de julio de 2010

Poniéndole pausa a la culpa

Un día, de paseo por mi librería preferida, me crucé con un librito de esos escritores orgánicos que me caen mal (hablo de Marcos Aguinis), pero que me tuve que comprar porque el título fue casi como un llamado personal: se llama "Elogio a la culpa". Los que me conocen un poquito saben que todo me da culpa. Si si, no exagero, todo puede causarme ese sentimiento. Si hago algo mal siento culpa, si lo hago bien también, si respiro fuerte, si me olvido de un cumpleaños, si elijo una persona por sobre otra, hasta en un momento me daba culpa estar viva.

Creo que me llevó como mucho 2 días leerlo, hacerle anotaciones, marquitas y todas esas decoraciones que me gusta hacerle a los libros para sentirlos más míos. Como todo libro medio pelo, no me dejó pensado, no me cambió la vida (es mucho pedirle eso a un libro, no?), ni me dieron ganas de patear ningún tablero. Lo cerré, lo puse junto al resto de los libros de la misma editorial (esos criterios de orden raros que uno establece en los estantes) y me olvide por completo de él.

De vez en cuanto me gusta abrir cualquier libro de la biblioteca y mirar la primera anotación que encuentre. Casualmente, hace unos días tomé "Elogio a la culpa" y las primeras palabras que saltaron hacia mí fueron:

"La adecuación a lo bueno y el rechazo a lo malo se consigue esforzadamente, lentamente, para conformar a otro, no a uno."

La culpa viene de la mano del ingreso a la cultura y la necesidad de establecer lo que está bien y lo que está mal. Cuando logramos internalizar eso, meterlo bien adentro para que resulte natural, es ahí cuando la culpa actúa libremente, como un huésped vip en las cabecitas diciéndonos que hacer o más bien, obligandonos a renunciar a todo aquello que no entra en la categoría de "bueno". La culpa es eso que te hace olvidar el placer y te empuja a darte de a latigazos por lo mal que te comportaste, es la que te hace revolver la cabeza hasta explotar por exceso de pensamiento, es la vocecita que te dice "mal, muy mal, otra vez lo mismo, vos no aprendes mas.."

Desde el momento cero, abordé esto de reincidir como algo malo, como eso que indudablemente tengo que dejar de hacer. Partí desde una concepción negativa, impulsada sobretodo por los sentimientos que me persiguen luego de cometer el "terrible acto": tristeza, decepción y sobretodo, culpa. Pero realmente nunca me puse a pensar, más allá de estos sentimientos, realmente por qué debería dejar de reincidir.

Me quiero volver chango. ¿Cómo se me pasó esto? Mi lucha por dejar de reincidir, ¿tiene más que ver conmigo o con los demás? ¿Reincidir es "lo malo", lo que me está haciendo mal? ¿O es lo que no entra dentro del parámetro de bueno para los otros? Hoy estoy dudando, no estoy segura de si trata de querer dejar de reincidir o mas bien necesitar dejar de hacerlo. Pero quizás, si le pongo pausa a la culpa y los escucho menos, me doy cuenta y hasta por ahí la cosa toma otro color...













p/d: para los que se quedaron preocupados por la calidad de mis lecturas, ahora estoy contenta con Saramago, luego de una racha de Galeano, Soreano y el interminable Proust.

miércoles, 30 de diciembre de 2009

No seré Neruda pero...

Puedo prometer cosas imposibles para el año próximo.
Prometer, por ejemplo: "No voy a contestar ningún sms después de las 4am"
Ignorar una llamada
Estar conforme con mis decisiones
No buscar siempre más.

Puedo prometerme lo más irrisorio,
Dejarme los rulos y teñirme menos.
Comprar sólo la ropa necesaria.
Hacer como si esa parte superficial no existiera,
eliminar a la nena que juega a disfrazarse.

Puedo prometerme lo improbable.
Dejar de hablar con quienes no debería.
Obligarme a olvidar sólo porque sí.
Poner sus opiniones por sobre mis sentimientos.

Caminar atada a ideas de otros.

Puedo prometer lo impensado.
No intentar escapar cuantas veces pueda
Aferrarme al presente.
No buscar excusas para tatuarme.
Odiar menos a los insectos.

Puedo proponerme cosas como,
Arrasar con el mundo cada mañana.
Olvidarme un 14 de abril,
No llorar desconsoladamente los domingos de lluvia
Dejar de apasionarme por el pasado.

Podría, pero no voy a hacerlo.







jueves, 5 de noviembre de 2009

Desenmascarando a Anne Elliot.

Una habitación iluminada por la tenue luz de una vela. No hay muebles, ventanas ni elementos decorativos, sólo logramos ver una puerta a la derecha y un gran espejo apoyado sobre la pared izquierda. Se abre la puerta, entra una mujer y con ella los gritos de una multitud que desparecen al cerrarse. Se ve agitada, incómoda, como si estuviese escapándose. Da vueltas por la habitación hasta caer rendida al piso. El contacto con el suelo la tranquiliza. Respira profundo, sentido, como si intentara con la respiración abstraerse, alcanzar un estado de paz y desconexión.
M: Ya está, me escapé, estoy sola. Puedo al fin ser yo. No soy más un objeto acosado por sus miradas determinantes, por sus ojos que me juzgan sin necesidad de palabras y que logran desequilibrarme. Ya no podrán construirme de manera arbitraria e incompleta. Se acabó el sufrimiento por la incertidumbre, por ignorar eso que creen que es mi ser y claramente no lo es. Puedo dejar de parecer para ser. (Sonríe, satisfecha) ¡Si ahora puedo ser yo misma!
Otra vez se la ve incómoda, algo le molesta. Sus dedos comienzan a moverse, parecieran seguir el ritmo de alguna canción. Independientes, recorren sus piernas hasta llegar al piso. Baja su mirada.
M: (con menos emoción, como si hubiese sido invadida por una emoción involuntaria: tristeza) Si, puedo ser yo misma. Pero… ¿Quién soy?
Rompe el silencio una voz, que como un murmullo leve y lejano aparece para responder su pregunta.
X: Sos humana, mujer, joven, argentina.
M: (Sin inquietarse, se levanta y se acerca al espejo, luego de unos minutos de auto observación responde) Si, soy todo eso. Puedo comprobar que soy humana, que pienso, respiro y siento. Me ajusto perfectamente a lo que se entiende por humano. Tengo un cuerpo que funciona acorde a las leyes biológicas y la capacidad de discernir, pensar y dudar esperables en cualquier “hombre”. Efectivamente, soy una mujer y además joven, al menos en función a lo que socialmente se considera juventud. El destino me hizo nacer en este lugar, por lo tanto soy Argentina.
Se frena. Piensa. Parece insatisfecha con su respuesta. Se separa del espejo y comienza a deambular por la habitación.
M: Pero si me defino por categorías tan generales ¿Dónde queda mi identidad? ¿Dónde empieza lo que me hace un ser particular e irrepetible? Se trata de características compartidas que dicen poco de mi ser y más sobre la pertenencia a un género y a un mundo determinado. ¿Eso alcanza para identificarme? Lo que quiero saber es quién SOY, no a donde pertenezco ni quiénes somos. Necesito separar mi ser de las generalidades, reencontrarlo en la soledad de esta habitación, aislándome de la realidad social.
Vuelve a irrumpir una voz, esta vez se expresa con más fuerza, como si se estuviese acercando.
X: Sos hija, hermana, tía, amiga.
M: (Para de caminar, se toma un momento y responde) Me tocaron esos roles y los vivo cada día, pero sólo se trata de etiquetas hijas de la contingencia. No fueron elegidas por mí, fueron impuestas por la relación con otros y la necesidad de definir vínculos. Si mi identidad se apoya en la relación que mantengo con quienes me rodean entonces SOY en función de los demás. Condenado a la dependencia del mundo social, mi yo estaría siempre limitado a ser hija de, hermana de, alumna de, empleada de. Quiero creer que soy más que la relación con otro, más que un objeto con el cual se vinculan.
Vuelve a sentarse. Se observa. Sus manos, sus pies. Se recuesta. A lo lejos comienzan a escucharse gritos inentendibles. A medida que se acercan las voces muy lentamente van cobrando sentido. Finalmente Logra distinguir lo que dicen.
X: Sos
X1: Estudiante
X2: Bailarina
X3: Profesora
M: Sí, ahí estoy. La relación que entablo con el mundo material comienza en mis acciones, en la praxis. Mi ser se proyecta en lo que hago, lo que soy se pone en juego en mis actividades y en los resultados. Estudio, bailo, enseño y en todo pongo en juego mi propio ser: mi cuerpo, mis sentidos, la razón están siempre presentes. (Con más ánimos de discutir, se para con firmeza y se acerca a la puerta)
M: ¿Puedo realmente identificarme por lo que hago? Mejor dicho: Lo que hago... ¿Me define? Estos caminos que sigo parecen guiarse por gustos personales, productos de la infinita libertad de elección. Pero esta libertad se ve coartada por las potencialidades reales. Me encuentro limitada por mis propias capacidades físicas y las disponibilidades sociales, porque al final, en el horizonte de cada práctica está la relación con los otros, que puede modificar por completo mi hacer. Lo que hago determina mi manera de ver el mundo y también la manera en que los otros me ven. Entonces a pesar de ser una parte constitutiva de mi, no soy lo que hago, porque en la acción participan más aspectos que mi ser: leyes sociales, aptitudes corporales y principalmente, el OTRO y la construcción de un mundo común.
Termina de hablar. Un grito la descoloca.
X: Sos Mariana Inés López
M: (Duda, mira a su alrededor como buscando a alguien que responda a ese nombre. Piensa y se sonríe) Si, ese es mi nombre. Pero me pregunto si no se trata de otra etiqueta impuesta, la primera y obligatoria para entrar al mundo social. Mis padres me llamaron así cuando nací. Mariana porque les gustó, Inés por tradición familiar, López por la costumbre del apellido paterno. Este acto de ser nombrados contiene una cierta dosis de violencia, que aunque simbólica y poco reconocida, existe. Nuestros padres eligen mucho más que un nombre: en esa decisión depositan miles de anhelos y deseos para este hijo que nace, lo determinan en su más básico nivel. Su nombre será aquello que lo acompañará de por vida, asumiéndolo como propio y anteponiéndolo a toda relación social, olvidando para siempre la desconexión inicial con él.
(Se acerca otra vez al espejo, se recorre con la mirada, busca algo especial, diferente) ¿Cuánto hay de mí en este nombre? Mariana Inés López, Mariana, Inés, López. Pierde sentido con la repetición, pierde sentido cuando lo usa otra mujer. Es una identificación que no necesariamente implica identidad. Soy esta Mariana y no otra, pero sin embargo, si mi nombre desapareciera, si decidiera cambiarlo, seguiría estando aquí y siendo yo. Mi identidad claramente no está allí, mi nombre es sólo el comienzo de una larga cadena de significantes.
Se aleja de la puerta esperando una respuesta. Las voces se apagan. Comienza a dar vueltas en la habitación hasta encontrarse de frente con la vela. Su luz firme y constante la deja perpleja. La observa.
M: Sos una vela y no dudo de tu existencia. Puedo nombrarte porque así lo aprendí, mis experiencias anteriores me dicen que sos eso y no otra cosa. Te veo, tu llama es constante, desafía la gravedad. Tu calor, aunque leve, es imposible de ignorar. Tocarte no me es necesario para reconocer la textura de tu superficie. Iluminás esta habitación, evitas que la oscuridad la domine. Si mis sentidos dejaran de percibirte, seguirías existiendo, al menos en mi imaginación, al menos en mi cabeza. (Se acerca aún más a la vela, sopla con todas sus fuerzas y la apaga. La oscuridad inunda la habitación) Nunca dejás de ser, seguís ahí. De eso no dudo.
La mujer casi desaparece, sólo se ve el contorno de su cuerpo, sus facciones se desdibujan pero continúan ahí. El ruido de sus pasos retumban en la habitación vacía. Su voz, casi como un susurro, retoma la exposición.
M: Mi existencia supera también la condición de ser comprobada por los sentidos, no dudo que estoy acá, que existo, que estoy viva. No me hace falta verme para saber esto, pero sigo sin poder responder quién SOY. Todo hasta ahora me ha demostrado que hay un mundo complejo que me constituye, pero no puedo dejar de pensar que no es propiedad única de mi identidad, sino de una sociedad entera. Me encuentro sujeta a ciertas condiciones materiales, que determinan mi existencia. Estoy en un tiempo y un lugar particular, rodeada de ciertas personas. Atada a las circunstancias, soy en función de ellas: mis pensamientos, mis prácticas, hasta el propio cuerpo se ajusta a requerimientos sociales y estéticos.
(Calla de golpe, respira y continúa dejando entrever un sentimiento de enojo, de bronca) ¿Por qué cuesta tanto hablar de uno? ¿No debería facilitárnoslo el hecho de “llevarnos puestos”? Evidentemente, estar pegados a los que somos nos impide definirnos con claridad. La imposibilidad de descentrarnos, de salirnos de nuestra propia existencia culmina con cualquier deseo de análisis “objetivo” o al menos de alcanzar una visión más clara de lo que somos. Uno existe encadenado al ser, se vive y en la vivencia hay una renuncia a entenderse y a analizarse continuamente.
(Otra vez se frena, su rostro refleja un descubrimiento, algo nuevo parece haber surgido que la entusiasma) Pero esta esclavitud al ser puede romperse con la aparición del otro: con su presencia, su mirada, caemos a cuentas de nuestra condición humana, somos conscientes de nosotros mismos. Todos mis intentos por separarme, por razonar sobre mi propio ser sin vincularme con los demás se vieron truncados por la esa realidad de la que no se puede escapar: la vida en sociedad.
De repente la puerta se abre, podemos ver a la mujer enfrentando el mundo exterior, iluminada por la claridad del día. Mira hacia el horizonte, completamente inmóvil parece abandonada a la reflexión.
M: (Con firmeza, convencida y segura de lo que va a decir retoma su monólogo) Estaba equivocada, no sirve aislarse para encontrarme. La vida, el mundo, el prójimo. Al final ahí estoy yo. ¿Quién soy? (pausa) Un sujeto social, inmerso en un mundo y sólo a partir de esta relación puedo responderme. Me invento a mi misma, no creando de la nada sino construyendo a partir de lo que me rodea. Los condicionamientos existen, pero la libertad de elección me permite rearmar mi ser a partir de esta realidad, compartida pero no igualmente determinante para todos.
Si “el infierno son los demás”[i], nos quemaremos de por vida, porque es gracias a su presencia indudable como podemos conformar un mundo y reconocernos en él. Si bien lo primero que se experimenta en la sociabilidad es malestar, también es donde experimentamos el placer de liberarnos de la presión del ser. En tanto vivimos somos.
Buscaba una identidad despojada de toda relación que no es posible ni deseable. Me di cuenta que la identidad no es algo definitivo sino un proyecto, que se construye y se modifica dentro de un mundo particular. El paso constante del tiempo y la finitud del ser nos empujan a creernos como sujetos concisos y terminados, pero la contingencia cambiante nos demuestra que pensarnos como hombres acabados es una gran mentira.
(Pone un pie fuera de la habitación, pero antes de salir retoma la palabra) Hoy soy Mariana Inés López: estudiante, bailarina y profesora. Hija, hermana, tía, amiga. Como todos, siento, juego, disfruto, amo, sufro, me pierdo, deseo. Siempre media mi ser en la generalidad. Vivo y me comprendo, aunque a veces me “canso de llevarme puesta”[ii]
Se aventura al mundo exterior, cierra la puerta con fuerza al salir. La habitación es pura oscuridad, pero el silencio ha desaparecido. Miles de voces llenan el vacío dejado por nuestra protagonista, que al haber reconocido al otro le da palabra.
FIN
[i] Sartre, JP: A puerta cerrada, Editorial Losada, Buenos Aires 2004.

[ii] Soriano, O: Una sombra ya pronto serás, Editorial Planeta, Buenos Aires, 2009.

domingo, 20 de septiembre de 2009

Back to the future

(vamos a ver que sale...)
Ya quedó mas o menos claro lo que es para mi reincidir. Implica repetir hasta el cansancio algo que esta mal, volver a caer en lo mismo una y otra vez, siempre repitiendo ¨es la última vez que lo hago¨. Todo esto con el agravante de tener una conciencia al asecho, lista para tirarte toda la culpa encima y disfrutar el ¨te lo dije mamita¨(ok, a mi conciencia le cabe la cumbia villera).
A pesar de su lado agresivo, hay que admitir que la conciencia es el arma de defensa más fuerte que tenemos, es el angelito (por lo general bueno) que está siempre ahí para recordarte cómo después te vas a arrepentir, cuanto vas a llorar, etc. Podría hasta decirse que tiene la capacidad de anticiparse al futuro, de adelantarte un poquito lo que vendrá jugando con elementos de nuestro pasado. Si señores, no nos hace falta ningún Doc Brown ni DeLorean para ver que podría llegar a pasar más adelante o revivir lo que ya pasó. La cabecita puede hacerlo sola.
Aprovechando el pedido de Gigi, que esta ansiosa por leer alguna de las infinitas anécdotas en nuestro haber, voy a usar nuestra salida de ejemplo para mostrar como ahora además de reincidente soy una mujer con poderes sobrenaturales que puede ver el futuro. Debo decir que me da algo de miedo ventilar así nomas charlas y salidas que el alcohol o la vergüenza suelen tapar, pero hoy le voy a hacer caso, a medias. Para evitar problemas legales, reproches y por sobretodo arrepentimientos, voy a omitir nombres/lugares/referencias temporales. Si, es una anécdota depurada de todo lo jugoso, pero recuerden que este no es un blog de chismes, tendré uno cuando Rial me contrate.
Los pongo en situación. Típica noche de viernes/sábado de boliche, cuando empezas a sentir que corre más alcohol que sangre por las venas, las amigas desaparecen por arte de magia y ya no podes distinguir entre Cristian Castro y Luis Miguel. Ahí aparece ese ¨conocido¨, ese amigo del amigo del amigo que alguna vez pensaste que no estaba tan mal. Bailas un poco, arman un dueto improvisado para cualquier temón romántico, te dice todas las lineas del diccionario del chamuyo barato y te le reís un poco en la cara (siempre con él, nunca de el...).
No sos la cenicienta, pero tampoco la noche es eterna. Así que te tomas 5 segundos para pensar, la idea de agarrarte a alguien porque si no te entusiasma demasiado, pero el hecho de que el chico en cuestión no figure en el prontuario es más que alentador y hasta llamativo. Te convences que es lo mejor que puede pasarte esa noche, que sos joven y que tenés todo el derecho del mundo a divertirte.
En ese instante, justo ahí, aparece el jodido deja vu. Esa sensación de estar en un momento ya vivido, algo que paso y se REPITE. Conjugado con los litros de speed con vodka, el mareo correspondiente y los empujones de la mina de atrás, el deja vu cobra dimensiones inesperadas, te obliga a frenarte para repensar la situación. La duda te envuelve, aparece para acosarte con la idea loca de que este fenómeno no puede ser casual, que alguna conexión tiene que existir.
Y si, existe. El deja vu resulta ser una verdadera llamada de atención de la cabeza que te avisa, o te recuerda, que esto de alguna manera ya paso. ¿Cuantas de las cosas en tu lista de ¨nunca más lo hago¨ comienzan con una escena así? Es como cuando estas viendo una película de terror y la protagonista va caminando sola, de noche, por una callejón. Sabes que la van a matar, no podes contenerte y le gritas ¨rubia tarada anda por otro lado que ahí Jason te agarra seguro¨. Eso es lo que hace nuestra cabeza.
El boliche, el chico, la música, el vodka, todo dice que acá empieza una de esas historias que van a entrar en el no lo hago más y que seguramente vas a repetir hasta que encuentres algo más masoquista y complicado para hacer. El pobre pibe no tiene la culpa del pasado que una tiene, pero en la urgencia de parar con la racha de caídas producto de la (casi) misma piedra, le toca pagar. Porque esta novela ya la conoces, sabes como termina y lo mal que te puede hacer sentir.
Pero que no se me mal interprete. No estoy diciendo que hay que prohibirse empezar algo nuevo sólo por miedo a la posible repetición. No no, sólo quiero destacar que hay ocasiones que parecen venir con un cartel luminoso que dice ¨ERROR¨ y que deberíamos prestarle un poco más atención a esas señales, aprovechar la llamadita que te hace la cabeza. Quizás estamos a tiempo de cambiar de rumbo y no chocarnos con la misma pared de siempre.
Con el tiempo, la práctica y sobretodo un poco de compromiso, los carteles que aparecen ya ni nos preocupan. No necesitamos el reto de la conciencia para hacernos girar antes de siquiera pensar en reincidir. Estoy convencida de que las condiciones eventualmente van a mejorar, las situaciones van a dejar de sonarnos repetidas y que por fin nos encaminaremos hacia algo diferente y ¨normal¨. Un día nos vamos a levantar, vamos a salir a la calle y la cabeza sólo podrá decir: Dale para adelante, que no hay moros en la costa.






miércoles, 26 de agosto de 2009

Cambiar de país no es cambiar

Antes que nada, por si alguna inocente palomita creyó en algún momento que mi silencio era producto de una victoria definitiva, aunque sorpresiva, sobre la costumbre de reincidir, debo decirles que no. Not even close. Desaparecí de la vida blogger por fuerza mayor, el exceso de actividad en mis vacaciones y el poco feeling con mi nueva compu me obligaron a alejarme y tragarme las anécdotas. Pero acá estoy otra vez, tan desorientada y repetitiva como siempre, lista para compartir mis triunfos e innumerables fracasos.
Gracias a la milagrosa combinación de varios factores (entre ellos mucha suerte, ganas, la suspensión de finales y la interminable bondad de mi madre) pude escaparme de la fría Buenos Aires y disfrutar de la ciudad más linda y entretenida de todas: New York. No me alcanzan las palabras para describir lo que siento cuando camino por Broadway, cuando se apagan las luces del teatro y comienza el show, cuando doy los primeros 5 pasos en Central Park y el verde se apodera por completo de mi ser. Parafraseando a varios de mis amigos: New York es todo.
Los viajes están usualmente cargados de millones de expectativas. Pero al parecer no alcanza con pasarla bien, conocer un lugar nuevo y gente copada. No, el viaje tiene que servir para algo. ¿Para qué? Para cambiar. Muchos están convencidos de que un viaje es el momento perfecto para reflexionar, para tomar decisiones trascendentales que pueden transformar por completo nuestra vida. Salen del país (provincia/ciudad/barrio) y se encomiendan a San Cambio, esperando un rayo de luz que los ilumine y los lleve por un nuevo camino. Piensan que 15 días fuera de su medio ambiente pueden modificar por completo su modo de ver las cosas.
Es mundialmente sabido que gran cantidad de cambios de sexo fueron decididos durante viajes, que miles de niños han nacido después de relaciones en viajes (esto puede ser, pero no creo que hayan sido exactamente producto de decisiones...), que 5 de cada 10 personas decidió en un viaje que era el momento perfecto para cambiar de pareja (y eso no tenia nada que ver con el/la terrible negro/a brasilero/a que tenían chances de comerse) y ni les digo la cantidad de mujeres que en un viaje redescubrieron su rubia interior.
Gente seamos realistas o al menos sinceros: no vamos a encontrar al amor de nuestras vidas en el avión, es imposible volver con la misma cantidad de kilos en las valijas, dolarizar las cosas que compramos no las hace más baratas y viajar no es terapia para el cambio. Matemos de una vez por todas el mito de viaje=cambio. Salir del país no nos asegura volver renovados ni muchos menos volver siendo otros. Las cosas nunca son así de fáciles.
Entiendo que el anhelo de distancia entusiasma a cualquiera, creyendo que así es más fácil tomar decisiones. Pero no, es igual de difícil. Estar lejos colabora en eso de ¨mirar las cosas de otro modo¨, pero no asegura mirarlas de manera más clara ni mejor. La vida puede dar un giro de 180 grados, pero las posibilidades de que se de en un viaje son pocas. Desgraciadamente no hay all inclusive en el mundo que incluya en el menú una nueva vida o al menos una versión mejorada de la que tenemos.
Si uno está realmente interesado y comprometido, con toda la energía dirigida en cambiar, no hace falta viajar kilómetros ni gastar cientos de pesos en aviones y hoteles. Por que se puede estar lejos, solos y rodeados de una cultura completamente diferente, pero al final seguimos estando con nosotros mismos, con nuestras mil y un imperfecciones, problemas y trastornos. De nosotros no escapamos y de nuestras trabas para cambiar tampoco. Nos siguen hasta al hostel mas remoto, la calle más oscura del Harlem y el vestidor de Victoria Secret del Soho. ¿Por qué habrían de dejarnos? ¿Por qué pensamos que con subirnos a un avión eso va a pasar?
Que no se crea que con todo esto estoy tratando de justificar que volví del viaje igual o más desequilibrada que antes. No no. Solo quiero dejar en claro que al menos yo disfruto de viajar y no me pongo presiones extras, porque para eso me quedo en casa machacando mi cabeza como todos los días de mi vida. Me niego a andar por las calles y los museos cuestionando mi forma de vida, mis costumbres poco sanas ni el exceso de ropa en mi placard. Disfruto y punto.
Los invito a hacer lo mismo. No se obliguen a cambiar en 15 días lo que en una vida entera no pudieron. Ahora si quieren hacerlo, si están listos o al menos con ganas, se ponen la camiseta, comprar mil pilas duracell y se meten en la cancha con toda, que en este partido el equipo depende por completo de ustedes.
p/d: en la próxima alguna aventura entretenida.






lunes, 27 de julio de 2009

Tiradísima de los pelos

(Leer con la melodía de Presente de Vox Dei)

Soy reincidente si
lo tengo que aceptar
no existe error que yo
no repita.

Tienen que comprender
que no me causa risa
caerme en un pozo que
nunca termina.

Creía que parar
era cosa sencilla
decidir no caer
ser fuerte una vez.

Y olvide aquello
que alguna vez juraba
que nunca más haría, nunca más haría,
pero sin embargo volví a hacer.

Todo me demuestra
que al final de cuenta
prometo cada día
caigo cada día
soy reincidente
y ya lo sé.

No puedo yo entender
por qué no puedo parar
¿de que vale caer,
si después va a doler?

Inútil es pelear
no puedo detenerme
mi mente olvida por qué
y ahí me pierdo.

Creía que parar
era cosa sencilla
decidir no caer
ser fuerte una vez.

Y olvide aquello
que alguna vez juraba
que nunca más haría, nunca más haría,
pero sin embargo volví a hacer.

Todo me demuestra
que al final de cuenta
prometo cada día
caigo cada día
soy reincidente
y ya lo sé.

No puedo parar
de reincidir
solo queda (solo queda)
aceptar y gritar:
SOY REINCIDENTEEEEE

domingo, 19 de julio de 2009

Victoria dudosa

En nuestra infancia nos acostumbraron a premiarnos por hacer las cosas bien, o mejor dicho, por cumplir con lo supuestamente correcto. Ganábamos estrellas (corazones, caritas felices, gatito, perrito, etc) por escribir bien palabras como "á-r-b-o-l", por quedarnos callados las 5/6 horas de clases, por correr más rápido que el resto, por jugar al quemado y matar a pelotazos a toda niña que se cruzara en nuestro raid de violencia y destrucción. El sistema de premios y castigos se repetía en casi todos los colegios y perdura hasta nuestros días acosando y corrigiendo la conducta de los niños.
Todos sabemos que además de generar competencia y bronca entre los compañeros de clase, estos sistemas implicaban la construcción de un personaje, de mentir para alejarnos al menos un rato de lo que realmente eramos. Me sobran los dedos de una mano para contar los niños que realmente se portaban bien por naturaleza y convicción. La mayoría de nosotros librábamos una batalla a muerte con nuestro diablo interno para portarnos bien y ganarnos una vez al año el premio pedorro. Por puro interés conteníamos las ganas casi indomables de salir corriendo cuando la maestra lo prohibía, de tirarle en la cara ese tentador vaso lleno de tempera azul al compañero de al lado, de copiarnos en toda prueba, todo por un momento fugaz de reconocimiento. Teníamos que controlar nuestros pensamientos y el cuerpo para un minuto de gloria.
¿A que viene este recuerdo de la infancia? Paso a explicar. Con orgullo puedo decirles que este finde no reincidí: no hubo compras injustificadas, ni copas de más, ni sms a las 5 am (si hubo exceso de calorías, pero necesarias) No pasó nada de lo que hoy me tenga que arrepentir ni que caiga en la categoría de "cosas que prometí no hacer más". Pero me pregunto.. ¿Puedo considerar esto una verdadera victoria para el equipo cuando en mi mente se armaron mil maneras diferentes de reincidir? ¿Me gano la estrellita porque me porte bien a pesar de que mi buen comportamiento fue sólo en hechos mientras que en mi cabeza reincidí?
Los que van a misa recuerdan el "Yo confieso". Para los que no, hacia el principio dice algo así como "Yo confieso que he pecado mucho de pensamiento, palabra, obra y omisión". La religión una vez más hace de las suyas y me quita toda ilusión de victoria. Sin tirar mucho de los pelos podemos inferir que pensar en reincidir es tan malo como reincidir en hechos (pero mil veces más aburrido) La mente me juega en contra y destruye la fortaleza construida para no caer en lo de siempre. Entonces claramente no es victoria, es una derrota incuestionable.
Mi imaginación voló por los aires más de una vez, me imaginé cayendo, revolcándome en el error y hasta disfrutándolo. Lejos de reformarme, sólo construí una fachada mentirosa para esconder los pensamientos recurrentes que sirvió para este fin de semana, pero quien sabe cuanto durará. El verdadero desafío está entonces en vencer a la cabeza y no sólo en dejar de reincidir. Ahí se complica bastante la cosa. Mi mente es fuerte, testadura e imposible de ignorar. Luchar contra ella es como empezar un Argentina-Brasil 3-0 abajo, muy difícil pero no imposible. Hay que ponerle ganas extras, una sonrisa grande y estar dispuesto a comerse varios golpes en el intento.
Por eso esto es una victoria dudosa y acá no tengo referí ni AFA para que me ayude a solucionar el problema. Pero supongo que a pesar de esto, podemos pensar que hoy estoy bastante mejor que ayer y que al menos esta vez pude controlar mis impulsos. Se que no me merezco una estrella, pero ¿Media?