jueves, 5 de noviembre de 2009

Desenmascarando a Anne Elliot.

Una habitación iluminada por la tenue luz de una vela. No hay muebles, ventanas ni elementos decorativos, sólo logramos ver una puerta a la derecha y un gran espejo apoyado sobre la pared izquierda. Se abre la puerta, entra una mujer y con ella los gritos de una multitud que desparecen al cerrarse. Se ve agitada, incómoda, como si estuviese escapándose. Da vueltas por la habitación hasta caer rendida al piso. El contacto con el suelo la tranquiliza. Respira profundo, sentido, como si intentara con la respiración abstraerse, alcanzar un estado de paz y desconexión.
M: Ya está, me escapé, estoy sola. Puedo al fin ser yo. No soy más un objeto acosado por sus miradas determinantes, por sus ojos que me juzgan sin necesidad de palabras y que logran desequilibrarme. Ya no podrán construirme de manera arbitraria e incompleta. Se acabó el sufrimiento por la incertidumbre, por ignorar eso que creen que es mi ser y claramente no lo es. Puedo dejar de parecer para ser. (Sonríe, satisfecha) ¡Si ahora puedo ser yo misma!
Otra vez se la ve incómoda, algo le molesta. Sus dedos comienzan a moverse, parecieran seguir el ritmo de alguna canción. Independientes, recorren sus piernas hasta llegar al piso. Baja su mirada.
M: (con menos emoción, como si hubiese sido invadida por una emoción involuntaria: tristeza) Si, puedo ser yo misma. Pero… ¿Quién soy?
Rompe el silencio una voz, que como un murmullo leve y lejano aparece para responder su pregunta.
X: Sos humana, mujer, joven, argentina.
M: (Sin inquietarse, se levanta y se acerca al espejo, luego de unos minutos de auto observación responde) Si, soy todo eso. Puedo comprobar que soy humana, que pienso, respiro y siento. Me ajusto perfectamente a lo que se entiende por humano. Tengo un cuerpo que funciona acorde a las leyes biológicas y la capacidad de discernir, pensar y dudar esperables en cualquier “hombre”. Efectivamente, soy una mujer y además joven, al menos en función a lo que socialmente se considera juventud. El destino me hizo nacer en este lugar, por lo tanto soy Argentina.
Se frena. Piensa. Parece insatisfecha con su respuesta. Se separa del espejo y comienza a deambular por la habitación.
M: Pero si me defino por categorías tan generales ¿Dónde queda mi identidad? ¿Dónde empieza lo que me hace un ser particular e irrepetible? Se trata de características compartidas que dicen poco de mi ser y más sobre la pertenencia a un género y a un mundo determinado. ¿Eso alcanza para identificarme? Lo que quiero saber es quién SOY, no a donde pertenezco ni quiénes somos. Necesito separar mi ser de las generalidades, reencontrarlo en la soledad de esta habitación, aislándome de la realidad social.
Vuelve a irrumpir una voz, esta vez se expresa con más fuerza, como si se estuviese acercando.
X: Sos hija, hermana, tía, amiga.
M: (Para de caminar, se toma un momento y responde) Me tocaron esos roles y los vivo cada día, pero sólo se trata de etiquetas hijas de la contingencia. No fueron elegidas por mí, fueron impuestas por la relación con otros y la necesidad de definir vínculos. Si mi identidad se apoya en la relación que mantengo con quienes me rodean entonces SOY en función de los demás. Condenado a la dependencia del mundo social, mi yo estaría siempre limitado a ser hija de, hermana de, alumna de, empleada de. Quiero creer que soy más que la relación con otro, más que un objeto con el cual se vinculan.
Vuelve a sentarse. Se observa. Sus manos, sus pies. Se recuesta. A lo lejos comienzan a escucharse gritos inentendibles. A medida que se acercan las voces muy lentamente van cobrando sentido. Finalmente Logra distinguir lo que dicen.
X: Sos
X1: Estudiante
X2: Bailarina
X3: Profesora
M: Sí, ahí estoy. La relación que entablo con el mundo material comienza en mis acciones, en la praxis. Mi ser se proyecta en lo que hago, lo que soy se pone en juego en mis actividades y en los resultados. Estudio, bailo, enseño y en todo pongo en juego mi propio ser: mi cuerpo, mis sentidos, la razón están siempre presentes. (Con más ánimos de discutir, se para con firmeza y se acerca a la puerta)
M: ¿Puedo realmente identificarme por lo que hago? Mejor dicho: Lo que hago... ¿Me define? Estos caminos que sigo parecen guiarse por gustos personales, productos de la infinita libertad de elección. Pero esta libertad se ve coartada por las potencialidades reales. Me encuentro limitada por mis propias capacidades físicas y las disponibilidades sociales, porque al final, en el horizonte de cada práctica está la relación con los otros, que puede modificar por completo mi hacer. Lo que hago determina mi manera de ver el mundo y también la manera en que los otros me ven. Entonces a pesar de ser una parte constitutiva de mi, no soy lo que hago, porque en la acción participan más aspectos que mi ser: leyes sociales, aptitudes corporales y principalmente, el OTRO y la construcción de un mundo común.
Termina de hablar. Un grito la descoloca.
X: Sos Mariana Inés López
M: (Duda, mira a su alrededor como buscando a alguien que responda a ese nombre. Piensa y se sonríe) Si, ese es mi nombre. Pero me pregunto si no se trata de otra etiqueta impuesta, la primera y obligatoria para entrar al mundo social. Mis padres me llamaron así cuando nací. Mariana porque les gustó, Inés por tradición familiar, López por la costumbre del apellido paterno. Este acto de ser nombrados contiene una cierta dosis de violencia, que aunque simbólica y poco reconocida, existe. Nuestros padres eligen mucho más que un nombre: en esa decisión depositan miles de anhelos y deseos para este hijo que nace, lo determinan en su más básico nivel. Su nombre será aquello que lo acompañará de por vida, asumiéndolo como propio y anteponiéndolo a toda relación social, olvidando para siempre la desconexión inicial con él.
(Se acerca otra vez al espejo, se recorre con la mirada, busca algo especial, diferente) ¿Cuánto hay de mí en este nombre? Mariana Inés López, Mariana, Inés, López. Pierde sentido con la repetición, pierde sentido cuando lo usa otra mujer. Es una identificación que no necesariamente implica identidad. Soy esta Mariana y no otra, pero sin embargo, si mi nombre desapareciera, si decidiera cambiarlo, seguiría estando aquí y siendo yo. Mi identidad claramente no está allí, mi nombre es sólo el comienzo de una larga cadena de significantes.
Se aleja de la puerta esperando una respuesta. Las voces se apagan. Comienza a dar vueltas en la habitación hasta encontrarse de frente con la vela. Su luz firme y constante la deja perpleja. La observa.
M: Sos una vela y no dudo de tu existencia. Puedo nombrarte porque así lo aprendí, mis experiencias anteriores me dicen que sos eso y no otra cosa. Te veo, tu llama es constante, desafía la gravedad. Tu calor, aunque leve, es imposible de ignorar. Tocarte no me es necesario para reconocer la textura de tu superficie. Iluminás esta habitación, evitas que la oscuridad la domine. Si mis sentidos dejaran de percibirte, seguirías existiendo, al menos en mi imaginación, al menos en mi cabeza. (Se acerca aún más a la vela, sopla con todas sus fuerzas y la apaga. La oscuridad inunda la habitación) Nunca dejás de ser, seguís ahí. De eso no dudo.
La mujer casi desaparece, sólo se ve el contorno de su cuerpo, sus facciones se desdibujan pero continúan ahí. El ruido de sus pasos retumban en la habitación vacía. Su voz, casi como un susurro, retoma la exposición.
M: Mi existencia supera también la condición de ser comprobada por los sentidos, no dudo que estoy acá, que existo, que estoy viva. No me hace falta verme para saber esto, pero sigo sin poder responder quién SOY. Todo hasta ahora me ha demostrado que hay un mundo complejo que me constituye, pero no puedo dejar de pensar que no es propiedad única de mi identidad, sino de una sociedad entera. Me encuentro sujeta a ciertas condiciones materiales, que determinan mi existencia. Estoy en un tiempo y un lugar particular, rodeada de ciertas personas. Atada a las circunstancias, soy en función de ellas: mis pensamientos, mis prácticas, hasta el propio cuerpo se ajusta a requerimientos sociales y estéticos.
(Calla de golpe, respira y continúa dejando entrever un sentimiento de enojo, de bronca) ¿Por qué cuesta tanto hablar de uno? ¿No debería facilitárnoslo el hecho de “llevarnos puestos”? Evidentemente, estar pegados a los que somos nos impide definirnos con claridad. La imposibilidad de descentrarnos, de salirnos de nuestra propia existencia culmina con cualquier deseo de análisis “objetivo” o al menos de alcanzar una visión más clara de lo que somos. Uno existe encadenado al ser, se vive y en la vivencia hay una renuncia a entenderse y a analizarse continuamente.
(Otra vez se frena, su rostro refleja un descubrimiento, algo nuevo parece haber surgido que la entusiasma) Pero esta esclavitud al ser puede romperse con la aparición del otro: con su presencia, su mirada, caemos a cuentas de nuestra condición humana, somos conscientes de nosotros mismos. Todos mis intentos por separarme, por razonar sobre mi propio ser sin vincularme con los demás se vieron truncados por la esa realidad de la que no se puede escapar: la vida en sociedad.
De repente la puerta se abre, podemos ver a la mujer enfrentando el mundo exterior, iluminada por la claridad del día. Mira hacia el horizonte, completamente inmóvil parece abandonada a la reflexión.
M: (Con firmeza, convencida y segura de lo que va a decir retoma su monólogo) Estaba equivocada, no sirve aislarse para encontrarme. La vida, el mundo, el prójimo. Al final ahí estoy yo. ¿Quién soy? (pausa) Un sujeto social, inmerso en un mundo y sólo a partir de esta relación puedo responderme. Me invento a mi misma, no creando de la nada sino construyendo a partir de lo que me rodea. Los condicionamientos existen, pero la libertad de elección me permite rearmar mi ser a partir de esta realidad, compartida pero no igualmente determinante para todos.
Si “el infierno son los demás”[i], nos quemaremos de por vida, porque es gracias a su presencia indudable como podemos conformar un mundo y reconocernos en él. Si bien lo primero que se experimenta en la sociabilidad es malestar, también es donde experimentamos el placer de liberarnos de la presión del ser. En tanto vivimos somos.
Buscaba una identidad despojada de toda relación que no es posible ni deseable. Me di cuenta que la identidad no es algo definitivo sino un proyecto, que se construye y se modifica dentro de un mundo particular. El paso constante del tiempo y la finitud del ser nos empujan a creernos como sujetos concisos y terminados, pero la contingencia cambiante nos demuestra que pensarnos como hombres acabados es una gran mentira.
(Pone un pie fuera de la habitación, pero antes de salir retoma la palabra) Hoy soy Mariana Inés López: estudiante, bailarina y profesora. Hija, hermana, tía, amiga. Como todos, siento, juego, disfruto, amo, sufro, me pierdo, deseo. Siempre media mi ser en la generalidad. Vivo y me comprendo, aunque a veces me “canso de llevarme puesta”[ii]
Se aventura al mundo exterior, cierra la puerta con fuerza al salir. La habitación es pura oscuridad, pero el silencio ha desaparecido. Miles de voces llenan el vacío dejado por nuestra protagonista, que al haber reconocido al otro le da palabra.
FIN
[i] Sartre, JP: A puerta cerrada, Editorial Losada, Buenos Aires 2004.

[ii] Soriano, O: Una sombra ya pronto serás, Editorial Planeta, Buenos Aires, 2009.

1 comentario:

  1. No me costó absolutamente nada imaginarte en un cuarto de La Panchita pasando por ese monólogo interno, las voces un tanto esquizofrénicas, pasando de Descartes a Sartre, de Sartre a Nieztche (siempre presente, a esta altura le otorgo a él el rol de omnipresencia en vez de al Dios de los cristianos), torturandote con preguntas, dilemas, acusaciones, en un viaje introspectivo dedicado unicamente a comprenderte un poco mas.
    MUY buen post!!

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